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Diariio de un dia cualquiera PDF Imprimir E-Mail
Saturday, 04 de October de 2008
En Italia, el valle del Po es una gran toalla verde gastada por el viento y el sol, envejecida por las vides y el maiz. Hoy nos despertamos a las ocho y nos rozamos las caras buscando alargar los sueños sobre el suelo de un oratorio en Pavia, a 50 kilometros de Milán.
Lo agito y escucho el sonido impreciso, aún nos queda un poco de gas en el infiernillo, para calentar el agua del café, del muesli del desayuno. Nos quedan ocho galletas (dos son de chocolate) y trozo de pan, pero se ha ablandado y no tenemos embutido, son cosas que pasan. Y así nos calentamos los huesos del ánimo con café y un cigarrillo.
De mañana, cuando estamos muy cansados y duelen los huesos nos reímos como nunca y no se porqué pero nos sirve. Después de hacer silencio para acordar las almas y antes de salir buscamos de nuevo al parroco que esta noche nos prestó su suelo para sonreírle y pedirle que ponga un sello en el almacen de los recuerdos. Hoy nos atiende una monja de Palencia trisemente serena. Nos cuenta sus dias en Italia, trabajando en caritas por dar un poco de calor y cama a los que llegan de lejos o sobreviven en Pavia y fuera de los demás hombres. Y bien, compartimos como siempre nuestra escucha y nos cuentan sus cosas, y nos dan las gracias después de darnos los que tienen y nosotros seguimos camino y nos les olvidamos fácilmente.
Hoy llueve, después de más de 2.000 kilometros con sus días, llueve y en este pueblo al que nos traen dos horas de marcha no encontramos al parroco. El parroco, no significa un techo donde poner el sueño, significa tal vez y es suficiente promesa, además es mi trabajo, somos profesionales de la espera, somos esperatores, sólo nos quejamos cuando el cura pone la boca al cielo y abre las manos pidiendo auxilio por salir del brete o nos ablanda los riñones del orgullo con una patada clara como el sol y así perdemos el día sin encontrar un banco donde charlar y untar la mantequilla.

Seguimos entonces, sin más guia que nuestros pasos hacia cualquier lugar, pero no llueve más y hemos comido algo, todo está bien. Cuando llegamos a Chignolo Po ya son la cinco de la tarde pero sentimos que es buen pueblo para quedarse, y la parroquia no parece ostentosa, esto ya son muchos enteros a nuestro favor para quedarnos, hablaremos con el cura.
Pero es hora de misa, de modo que aprovechamos para descansar, fumar, tomar el té, y nos invitan a una tapa por ser extranjeros.
Y encontramos a Giancarlo, el cura, siempre azorado, electrico, amistoso y aventurero, nos parece. Nos ofrece el oratorio para dormir esta noche y nos pregunta si tenemos comida, siempre hay algo que llevarse a la boca pero él promete llevarnos a cenar nadie sabe donde ni cuando y nosotros, qué se puede hacer, pues sonreímos y corremos al agua caliente de la ducha.
Después de alojarnos en el oratorio de la parroquia, donde pasariamos la noche, regresó como un disparo dando voces desde la verja de entrada. Le escuchamos como un trueno alegre gritando nuestros nombres desde nuestro silencio meditativo: “nacho… Pilar!”. Venia por nosotros o a por nosotros, nos llevaba a cenar a una pizzería, tocaba tiempo de disfrutar de la cena con la gente de su parroquia.
Giancarlo nos llevo en su automóvil italiano barato y más rápido que sus pensamientos (hablaba improvisadamente, como queriendo sorprendernos, y apasionadamente, como queriendo amarnos, pensaba yo), bajo el ritmo disparatado y gitano de Goran Bregovic que levanta los tacones del suelo del coche y agita las cabezas como avispas sonámbulas hipnotizadas por la música.
… y descubrimos la Pizza.... con fruición. No disimulamos cuando comemos caliente, y tampoco cuando cenamos bien, nos admirabamos sin freno y les gustaba escucharnos. También hablamos de las pequeñas cosas que nos pasan a los hombres, sin querer o queriendo, y tambien de las cosas que nunca nos pasan pero deben ser ciertas como el orden del mundo o el borracho de Bush.
Ya eran las 12 de la noche cuando nos echábamos en las colchonetas inflables y nos tocamos agradecidos las manos bajo la cremallera del saco.
Giancarlo
Modificado el ( Saturday, 04 de October de 2008 )
 
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