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Trieste PDF Imprimir E-Mail
Tuesday, 07 de October de 2008

La provincia Italiana de Friuli Venecia Giullia, que no el Venetto (Venecia), tierra del vino, de hombres sobrios y tiernamente humanos porque son italianos, de orden austriaco, calles limpias, casas refinadas y flores embelleciendo los balcones. Al fondo asoman Udine y las vastas montañas de Eslovenia, pero nosotros continuamos por la llanura, sin dejar la costa hacia Trieste, la antigua capital maritima del imperio austro-hungaro. El paisaje conserva los maizales recurrentes de todo el valle del Po, y los viñedos, pero el terreno que pisamos es otro, descubrimos la misma tierra caliza del Rosillon francés o de castilla en las iglesias y en las casas, contrastando con el ladrillo cocido de los templos lombardos que asemejan palacios y la filigrana bizantina y el ostentoso mármol del Veneto (Venecia).

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Tomamos el camino de la costa para descender seis kilometros hacia Trieste en un recorrido al atardecer que nos fascina después de dos semanas sin ver el mar mediterraneo (dije que Venecia era un barco pero rectifico: era un submarino). Finalmente paramos unos kilómetros antes de la ciudad buscando un suelo donde poner el sueño: lo encontramos, en un oratorio vecino al mar y a un puerto donde brindaremos con cerveza y miraremos hacia casa mientras se esconde el sol.

 

La mañana siguiente, después del infiernillo, el café y los cornflakes tomamos las bicis sin placer y entramos en Trieste con mucho gusto y el portaequipajes de mi bici milagrosamente roto. Será una jornanda corriendo en vano detrás de todas las ferreterías de Trieste, que no parecen moverse pero si que se esconden, en busca de la pieza perdida. Y siempre pasa, lo teniamos en casa, en casa de las monjas benedictinas que nos dieron acogida: revolviendo en su cajón de sastre dieron con la pieza imposible, y al fin manos a la obra, durante horas trajine con la bici, troquelando tornillos y cuadrando circulos con mi torpeza natural hasta acabar con la paciencia de Pilar y más tuercas en la mano que antes de empezar el monumento.

 

Pero vamos a hablar de cosas importantes como las monjas benedictinas, Silvana, Vera y hasta quience al menos y dos huéspedes excepcionales, dos monjas ortodoxas de nombre impronunciable que pintan iconos orientales y dibujan en pergaminos letras exquisitas. Pero nos eneamoró Silvana, caminaba como si tal cosa y hablaba sin saber que acariciaba las palabras con el mimo de un niño jugando a las canicas, Silvana era una monja parecida a cualquier cosa encontrada en la calle, y debe ser esto lo que nos hacia sentirnos como en casa.

Pasamos dos dias con ellas, y la ultima noche todas salieron después de la cena rompiendo su clausura por charlar con nosotros de sus cosas y las nuestras: terminamos hablando como peregrinos y riendo como monjas.

 

 

 

 

 

 

Modificado el ( Wednesday, 08 de October de 2008 )
 
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