| Perlas del desierto Sirio |
|
|
|
| Thursday, 06 de August de 2009 | |
|
La arena repica en las ventanas y se aprietan los cardos contra los muros blancos empujados por el viento, sentados a la sombra de una carpa, al fondo de la calle unos hombres nos miran; es Al Borayj, un pequeño pueblo en el camino de Damasco. Después de 40 km. sin más que arena y coches nos adentramos en el pueblo buscando el colmado (pequeña tienda de refrescos), vamos hacia ellos, hacia la pepsicola de uno de ellos… Pero no es un colmado, no, es una boda, llegamos el segundo día de la celebración, y son tres. No quieren que nos vayamos, nunca quieren, sino que estemos con ellos, un día, o dos, pero antes nos invitan a un té, el corazón es más lento que respirar y asi nos vamos uniendo, un té, un refresco, ¿queréis comer?, queso, un gran plato de patatas fritas (el sueño de un “Giri” en progreso)… y quedaros con nosotros, que hay boda y bailaremos. Hoy dormiremos en Al Borayj. En la tradición árabe las celebraciones nupciales consisten en beber café y hartarse de manjares hasta altas horas de la noche, y bailar, bailar, bailar. Una gran carpa para las mujeres, una gran carpa para los hombres, pero nunca juntos, yo estoy en una carpa, Pilar en la otra. Hoy viene un autobús de Damasco, la familia de la novia es de la capital, todos se levantan, nos levantamos para recibirlos, pasan a dar la paz a todos los comensales y se sientan, se sientan y beben. Pero hoy los hombres no bailan, las mujeres sí, ayer no bailaron las mujeres; hace quince días murió un hombre de la familia y por respeto uno de los grupos no baila ni come en la celebración, magnífico!, pero aprovechamos para hablar y reír sin pretexto ni aduana… Bien desayunados hoy nos adentramos en el límite infinito del desierto, buscando un monasterio, Deir Mar Mousa. Dos edificios se levantan en la montaña como dos piedras más. Dejamos las bicis y las alforjas en una casita a la falda del monte, donde nos ofrecen nuestro pan de oro: agua. Nos colgamos las mochilas y con lo imprescindible allá vamos, a Dios y la montaña se va con lo puesto. El monasterio es del color de la tierra, y la puerta de acceso no es la de un castillo sino del tamaño de un hombre que va a orar: setenta centímetros de alto y de ancho, un pequeño pasadizo y entramos a la espaciosa terraza-comedor. Allí nos atiende Huda, una de las dos monjas del monasterio, monasterio mixto, viven ellas dos y ocho monjes, con el padre Paolo. Hace veintecuatro años el padre Paolo vino ha hacer unos ejercicios espirituales a este monasterio roto, abandonado hace cien años, y aquí se quedó. Para poder beber hervía agua de dos aljibes que la recogían con las grandes lluvias (en el desierto no llueve, pero cuando llueve es torrencial), los primeros meses debieron ser difíciles, hasta hacerse un hueco medianamente humano en el desierto. Pero tuvo que ser así, pronto las gentes del lugar supieron de él y le ayudaban a reconstruir el antiguo santuario. Hoy, después de veinte años, hay electricidad, dos pozos excavados, donde sacan el agua, dependencias para los visitantes y un nuevo edificio donde acoger a las familias que llegan, celebrar encuentros, dictar conferencias… Los pilares que sostienen el lugar son la oración (en árabe y según el rito oriental), el trabajo manual y la hospitalidad. No quieren, dice el padre Paolo, ser un centro aséptico, alejado del mundo, sino abierto a todos, consciente de los problemas del mundo y de la gente concreta y al tiempo adentrado en una espiritualidad profunda. Hay un cuarto pilar que da sentido al centro, es el dialogo interreligioso. Siguiendo el Concilio Vaticano II inspirado por Juan XXXIII, todos los años celebran un encuentro de una semana con religiosos musulmanes donde dialogan y exponen sus diferentes caminos. Y aún más: en el monasterio trabajan algunos musulmanes, y lejos de tratar de convertirles al cristianismo el padre Paolo les da días de descanso durante el ramadam (no comen durante el día), para que puedan compatibilizarlo con el trabajo, que en verano se hace duro por la cantidad de visitantes que reciben, pero más, el padre Paolo se solidariza con ellos, no, se hace uno con ellos, hace la mitad del tiempo de ramadam con ellos. Y nos cuenta Huda que lleva 15 años en el monasterio, donde ha encontrado la paz orando y sirviendo a los que llegan. Trabajaba como ingeniera agrónoma, en una empresa de fertilizantes, pero siendo de mentalidad cristiana le resultaba difícil la relación con los musulmanes, con otros valores. Ahora, a través de la oración, nos cuenta, ha logrado superar sus problemas de relación con ellos, ha transformado su mirada. Huda Y su caso, como el de los demás monjes, fue un encuentro y un acercamiento progresivo; primero un mes, después, tres… hasta dar el salto al noviciado, durante unos años y finalmente hacer los votos: nos muestra su anillo de “desposada”. Otro monje del monasterio Oran, mirando hacia el oriente, según el rito oriental, dos veces al día, por la mañana, y al final del día, después de una hora de silencio. El resto del día lo dedican a la hospitalidad y al trabajo, al menos en verano, agobiados por los muchos visitantes del monasterio; terminan el día agotados muchas veces; una vez a la semana se retiran a descansar y orar. Los meses de invierno van a Roma a completar su formación teológica, y una semana al año realizan un retiro en otro lugar de Siria, guiados por un padre espiritual. En la misa, sentados todos en el suelo, oramos, leemos salmos y pasajes del evangelio, después entre todos los comentamos, tratamos de extraer todo el jugo de su fruto: hacemos de las palabras oro, del oro pan, nos lo comemos. Sentados, compartimos la paz, no son grupitos aislados de manos allegadas, pasa la paz de mano en mano como quien pasa la luz de una vela a otra vela: ciegos muñecos en la arena entran en la paz viva, masticamos la paz, oramos juntos, hasta que pasa el pan de una mano a otra mano, el vino, hasta que compartimos el cuerpo de Cristo, somos uno comiendo un solo cuerpo: y en la arena arden los muñecos ciegos. DAMASCO Sólo pasaremos un día en Damasco, después de pedir albergue en incontables parroquias (todos tuvieron sus razones, o al menos sus patadas listas) sólo en una, un poco a regañadientes, nos dejan pasar la noche, pero no más de una, nos advierten. Seguimos nuestro camino, pero antes nos perdemos, nos gusta mucho perdernos, por la ciudad vieja, y encontrar sus tesoros; aquí una Iglesia dedicada al profeta Ananías, quien devolvió la “vista” a San Pablo después de ser derribado, allá el laberinto de las calles angostas e infinitas que dibujan un rostro poliédrico de siglos, calentando los sueños de todos los hombres: heladeros, mercaderes, aguadores, anticuarios, mecánicos, floristas… y al cabo la gran mequita Omaniye, lecho de tres santos musulmanes, el mármol pulido de su plaza central espeja el cielo, y el paraíso pintado en oro de cúpulas y frisos son derroches exquisitos de arte puro. Hoy, en Khabap, he caído enfermo (Nacho), diarrea y fiebre, mala cosa, no por la fiebre, ni por la diarrea, porque estamos en casa del obispo, y ya ayer nos dejaron una noche por los pelos. “Y pero bueno, pues si no puedes irte, te tendrás que quedar”, dice el obispo. Al cabo dos días sudando en la habitación, a arroz y té, estoy mejor el tercer día, pero… ¿quién da pedales con este cuerpo?, otro día sería suficiente, y el obispo me dice “si estas malo te quedas, pero yo prefiero que os marchéis”, y así que nos somos bien hallados, pues nos vamos y buscamos lugar por una noche en las familias del pueblo, pero todos, bien pensado, nos mandan con el obispo, es natural, que tiene casa grande, y camas, y gente que le sirve… y al cabo que se enteran sus monjas, y no sea que el obispo quede mal, pues nos dicen que fuera, que fuera del pueblo, y hasta nos pagan un taxi al siguiente pueblo, pero nosotros nos vamos a la carretera y en cinco minutos estamos con las bicis en la furgoneta de un campesino, que nos deja en Ezraia, el siguiente pueblo, donde Elías nos recibe, un sacerdote que ama a Dios (eso nos dice, Dios para mí es todo), un sacerdote pobre de casa ruinosa donde somos felices y retomamos fuerzas. Paseamos por el pueblo con él y su mujer (en la iglesia griega los curas se tienen que casar), nos enseña la iglesia, del siglo IV, en fin, todo el pueblo es milenario, sus casas, de piedra volcánica, cuentan más de mil años, comemos falafel (el mejor de Siria, nos dice el padre Elías). Y en fin reímos mucho, quiere que nos quedemos más, pero nuestro camino ahora es caminar. |
|
| Modificado el ( Friday, 07 de August de 2009 ) |
| < Anterior | Siguiente > |
|---|


