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En Daraa PDF Imprimir E-Mail
Friday, 07 de August de 2009
Ya renovados seguimos camino, hacia Daraa, ciudad fronteriza con Jordania; y por el azar de cada día venimos a parar a una familia de la ciudad. Un té, es de ley, para ir abriendo corazón. Mohamed, el joven muchacho de la familia nos empuja para que nos quedemos en su casa a dormir. Nos empuja porque es joven, y la pasión es su trabajo, pero es mucho tiempo gustando un sabroso protocolo de pasos enanos hacia los corazones, hacerse un hueco en ellos, en nosotros, y al cabo, después del té, la charla y las galletas, entrarnos en su vida y sus cosas; como viejos amigos descansar en su hogar.


Y sí, al cabo accedemos, nos hacen un hueco en el salón de casa. Como suele pasar alguien de la familia, uno de los hermanos, tiene un problema. Fue operado brutalmente y arrastra con dolor desde hace dos meses la rodilla anquilosada como puede. Le practicamos una terapia y es feliz de mover más la rodilla sin dolor, es feliz porque tiene esperanza, y aunque nosostros nos iremos enseño a su madre los terapia para que se la haga cada día. Somos, naturalmente, afortunados, hemos podido echar una mano.

Aprovechamos el fresco de la noche para hablar de nuestras cosas. Maha, la madre, nos habla de su fe en Cristo y en María (no olvidar, los musulmanes reconocen a Cristo como profeta), y a provado su corazón con fuego: unos muchachos, en trifulca con su hijo le cortaron la garganta con una botella… su madre lloro fuego, y fue a la madre del muchacho, eran del barrio, la dijo: “Por qué tu hijo ha hecho esto al mío?”, también ella lloro, imploró que no denunciara a su hijo a la policía. La vergüenza calló sobre la familia del muchacho loco, pero Maha no quiso destrozar su vida, no le denunció: “Dios lo ve todo”, decía.










El día siguiente es triste, la abuela de Maha, ha muerto y hacen las maletas para ir a Damasco, donde vivía. Nos despedimos con pena, pero felices de haber estado con ellos y buscamos la iglesia greco-ortodoxa, por si hay suerte y descansamos otro día. Y claro que hay suerte, esta Georges, y su mujer, y sus dos niños. Es sacerdote, y como todos los sacerdotes ortodoxos, debe casarse para poder ejercer como tal.

Con ellos compartimos mucho, es el primer sacerdote ortodoxo que nos acoge en su casa desde que salimos de Salamanca (en Servia y Bulgaria tienen casas demasiado grandes y lujosas para poder acogernos), nos habla de su camino como sacerdote ortodoxo, su estancia en el monte Athos…

Es un familia humilde, viven en una pequeña casa al lado de la iglesia. A el le preocupan sus hijos, que puedan tener un futuro, ir a la universidad, lo todos los padres quieren para sus hijos, por ellos pidio el traslado a una parroquia en Estados Unidos, no se lo concedieron. De modo que vive feliz con su familia en Daraa.

Estudió teología y tras una estancia de seis meses en el montes Athos, en Grecia, donde, nos cuenta, “los monjes hacen la vida de los ángeles”, se hizo sacerdote. También nos habla de su adoración por María, “Ella, para nosotros, es…”ª, nos dice, y se le hincha la mirada como un globo, “es todo, es el camino…”. A Georges le gusta reír porque le gusta vivir, y su mujer, que no entiende nada, no sabe inglés, ríe con él, con nosotros, pero ríe mejor que el sol.

Georges en su taller de marqueteria



Pasamos la tarde en Bursa, un lugar milenario, sus ciudad vieja es una ciudad romana en ruinas, ruinas habitadas por las gentes, muchos se llevarían las manos a su gran cerebro, pero son sus casas, donde viven desde siempre, y sus calles empedradas hace dos mil años se clavan las papeleras como en los parques de Burgos. Y bueno, al cabo en Siria no se puede dar una patada a un muro sin escuchar un eco de 3.000 años de historia.

 
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